Vinos de invierno.

Durante la época más fría y de menos horas de sol, ante jornadas de recogimiento en el hogar, son ideales vinos que no nos apremien con prisas.

Tintos de crianza considerable y cubiertos, con buena estructura y aromas como el cacao, especias o tabaco, de esos vinos que piden ser abiertos un rato antes de ser consumidos.

Pueden ser un buen aperitivo, y por descontado, paralelos indiscutibles de guisados, pescados al horno y embutidos cocidos y curados.

Sin embargo, actualmente nadie está libre de la fugaz e inconveniente comida comúnmente llamada “de trabajo”, sea verano o invierno. Para estas comidas irán mejor los tintos más jóvenes donde predominen los aromas de fruta y ofrezcan la vitalidad de una acidez más marcada.

Otra opción serán los blancos fermentados en barrica más ligeros, con notas aromáticas de vainilla, hinojo, frutos secos o manzana al horno.

 

 

Los cavas juegan un papel principal en todas sus vertientes. Los más jóvenes son una buena opción para los aperitivos, los más longevos pueden ser el eje de todo un banquete como si de un blanco longevo se tratara. Los cavas dulces son una opción inteligente para postres ligeros a base de frutas, ya sean crudas, cocinadas o confitadas.

Los vinos aromatizados tipo vermut o vinos de quina también tienen su rincón para los aperitivos relajados. Con el frio son realmente expresivos sin hielo.

Y para acabar, los vinos dulces. El invierno es su gran momento. Moscateles jóvenes o longevos y garnachas más o menos densas pueden convertir el hojaldre, el bizcocho, las manzanas al horno, todas las galletas imaginables, los turrones y los barquillos en una verdadera experiencia.

Fuente: “El vi neix a la vinya”. Màrius Fuertes i Mateu. Cossetània Ediciones.

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